Era una mañana calurosa, febrero de 1982, estaba sentada en el vagón del tren que me llevaba de vuelta a mi casa luego de unas cortas vacaciones en Mar del Plata con mi familia. Mi papá trabajaba día y noche para poder llevarnos al menos una semana a ver el correr de las olas y poder sacarle una sonrisa, no solo a nosotros, sus hijos, sino también a mi mamá, que tan sola se sentía luego de la pérdida de su amado compañero de vida, su papá.
Miraba
los distintos paisajes a través de la ventana, mi lugar favorito dónde viajar,
donde nadie es capaz de molestarme, puedo perderme miles de veces en las
distintas flores, buscarle formas a esas nubes tan peculiares de la costa, y
perderme en mis pensamientos. De vez en cuando, la curiosidad me invadía y
miraba de reojo como jugaban mis hermanas con mi hermanito de 3 años, jugaban
con el como si fuera su nuevo bebote, y el, se dejaba con una sonrisa enorme y
nos deleitaba con esa risa que te alegra en tus días más oscuros, la risa de un
bebé.
los distintos paisajes a través de la ventana, mi lugar favorito dónde viajar,
donde nadie es capaz de molestarme, puedo perderme miles de veces en las
distintas flores, buscarle formas a esas nubes tan peculiares de la costa, y
perderme en mis pensamientos. De vez en cuando, la curiosidad me invadía y
miraba de reojo como jugaban mis hermanas con mi hermanito de 3 años, jugaban
con el como si fuera su nuevo bebote, y el, se dejaba con una sonrisa enorme y
nos deleitaba con esa risa que te alegra en tus días más oscuros, la risa de un
bebé.
Un golpe brusco seguido de gritos y llantos me sacó de mis pensamientos, el tren había chocado. Inmediatamente busqué con la mirada a mis hermanos y al verlos rodeados de los brazos de mi mama, la tranquilidad me invadió con un aire de alivio haciéndome olvidar el dolor que sufría en las piernas.
Ese choque no nos hirió a ninguno de nosotros, solo a mi mamá. Fue mi papá el que le insistió que tenía que ir al médico a revisarse ese dolor que tenía en la espalda desde el choque. No sé si fue instinto o una simple coincidencia pero ese dolor fue una simple ventana para enterarnos que mi mamá tenía un nódulo en la mama. Al momento de enterarme de eso, no tenía idea que era pero supe que de la manera en la que mi papa me lo dijo, con ojos llorosos y la voz temblorosa, era grave.
A partir de ese momento, todo se complicó, a mi mama la operaron y mi papá se tuvo que hacer cargo de ella y cuidarla las horas que no trabajaba. En mi casa yo era la más grande, y aunque nos pusieron una señora a cargo que limpiaba, cocinaba y ordenaba, yo tenía a mis 3 hermanos a cargo, tenía que cumplir el rol de mamá con ellos y decirles que aunque ni mamá ni papá estaban en casa, todo estaba bien, pero, ¿quién me convencía a mí de que estaba todo bien?
Fueron días, semanas, meses difíciles, mi mamá cada vez estaba peor y mi papa no pegaba un ojo en toda la noche, dormía en el hospital y de ahí se iba a trabajar, con suerte pasaba dos días a la semana a saludarnos por la casa. Yo cada vez me ocupaba más y más de mis hermanos, los ayudaba con la tarea y les daba todo el cariño que nos faltaba.
Los días empezaron a brillar para nosotros, mi mamá se recuperó y mi papá volvió a casa pero yo, en mi interior sabía que mi adolescencia se perdió entre los vagones de ese mismo tren, ese mismo que me hizo chocar contra la realidad y enfrentarla.
